Jorge Olivera Castillo
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El periódico La Nueva España publicó una crónica titulada Pesadilla en el Caribe donde trata de analizar si la revolución cubana valió la pena.
En las palabras de Jorge Olivera Castillo pudiéramos considerar que el ciudadano en Cuba responde con más lujos de detalle imponiendo una respuesta indiscutible.
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LA HABANA, Cuba - Desde Asturias llega una hoja clínica fatal. El castrismo está grave. De acuerdo a los datos aportados no hay esperanza de recuperación. Todas las formulaciones muestran una verdad inobjetable: En casi 50 años de socialismo, Cuba exhibe más desaciertos que avances.
Para fundamentar los percances, el periódico La Nueva España reproduce algunas de las opiniones de Andrés Oppenheimer, el reconocido columnista del diario floridano The Miami Herald y de El Nuevo Herald y ganador del premio Pulitzer en 1987.
Las citas vertidas amplifican las notas desafinadas que la nomenclatura de la isla intenta cubrir con nuevos ciclos retóricos. Ni los masajes triunfalistas, ni el ruido de los aplausos que el partido comunista logra armonizar con la miseria, sirven para desviar la atención de un proceso político plagado de insuficiencias y dislates.
Oppenheimer va al grano. Pone una lupa delante de las llagas para que no haya distorsiones, ni otros espejismos tan útiles para la duda.
Hace algunos años estuvo en Cuba y pudo tomarle el pulso a una revolución que ya exhibía diagnósticos desfavorables. En el trabajo periodístico publicado por La Nueva España se traen a colación los salarios de miseria que se pagan en el “paraíso” socialista. Se cita la irrelevancia de los subsidios alimenticios entregados por el estado a través de la tarjeta de racionamiento, que apenas alcanzan para satisfacer las necesidades de primer orden. Aparece el asunto del apartheid que prohíbe a los nacionales hospedarse en hoteles y también certifica la imposibilidad del disfrute de otras instalaciones reservadas solo para el turismo internacional.
En este recorrido por la Cuba que la élite del poder trata de ocultar, saltan a la vista las posibles consecuencias para los potenciales lectores de ciertos medios extranjeros. Esto puede resultar en duras recriminaciones y hasta en procesos judiciales avalados en una figura delictiva conocida como propaganda enemiga.
Todo esto dice Oppenheimer y hasta se pregunta si la revolución valió la pena, aún admitiendo que en su tiempo estuvo justificada.
Al margen del hipercriticismo y lejos de asumir poses inquisitoriales, me atrevo a situar a la llamada revolución cubana en la zona reservada a los desastres. Los logros que se presentan por un lado tienen por contraparte una suma de anomalías que sacan notable ventaja en una historia lo suficiente larga para divisar los contrastes.
La educación y la salud pública son a estas alturas dos estaciones donde se ceban el descontrol, la ineficiencia y la carencia de recursos, lo que redunda en pésimos servicios. Fueron vitrinas gracias al aporte del defenestrado campo socialista que financiaba el proyecto de socialismo caribeño por intereses geo estratégicos y afinidades ideológicas. Cuba fue una pieza clave en el diseño geopolítico de la guerra fría. La Unión Soviética y sus satélites de Europa corrían con las cuentas. El desarrollo era puro artificio. La sostenibilidad del proyecto una especie de préstamo que sucumbió a los vientos de la dialéctica.
Hoy Cuba es un país carcomido por el voluntarismo, la politiquería, la falta de ética, el declive de los valores y el uso indiscriminado de las estadísticas como forma de manufacturar un éxito a la medida de los deseos de la nomenclatura.
Las únicas dos conquistas que han resistido la prueba del tiempo y que de hecho han contribuido a la conservación de la status quo son en la esfera de la propaganda y en la represión. Aquí surge la dicotomía. Lo que es un detalle de eficiencia para la élite de poder se traduce en una desgracia para la nación en su conjunto.
Han logrado marcar el paso hacia la involución a un ritmo vertiginoso. Lo peor radica en que las apariencias de éxito cubren un espectro lo suficientemente amplio como para confundir a muchos y darle a los cómplices de la mentira el instrumental idóneo para transmitir, a todo volumen, las resonancias de un “triunfo”
Al margen de toda la alharaca, poco a poco la verdad proyecta su desnudez. Estamos en la órbita del fracaso y no es una apreciación trivial.
Desde las páginas de La Nueva España se ofrece un dictamen que nada tiene que ver con la vitalidad y la noble trascendencia. Sin lugar a dudas, es un acercamiento a una revolución moribunda. Lo sé porque entre otras cosas pude experimentar los temblores del escalofrío al leer los datos sacados de un nombrado archivo cubano de Nueva Jersey. Esta instancia ha logrado documentar durante el castrato 4 073 fusilamientos y 3000 muertes de personas en sospechosas circunstancias.
Hay una realidad, la dictadura no ha caído, pero eso no quiere decir que la historia le obsequiará laureles y otras recompensas. Cuba está en ruinas. Para ir contabilizando los escombros de ahora y los venideros sobran voluntarios. Me sumo a Oppenheimer, a La Nueva España y quienes quieran tomar parte en esta faena. Sin dudas hay que irse preparando para trabajar horas extras.
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Monday, March 17, 2008
La vieja Cuba desde “La nueva España” 17/03/08
Posted by
Cuba Responde
at
6:16 PM
Labels: España y Cuba